Más allá de la protesta: ¿Somos interlocutores del descontento popular? Unas reflexiones.

He vivido en el Oeste de Caracas durante toda mi vida. Como suele decirse en ese argot caraqueño levemente pop “En el Oeste del Oeste”. Y aunque más de una vez me han insistido que mi zona no es representativa por tratarse de una zona residencial, si considero que comprendo mejor que mucha gente lo que ocurre en el lado “chavista” de la ciudad. Con el Barrio 905 como vecino directo y unas cuantas invasiones como lindero, puedo decir que a pesar de mi relativa distancia con el lado “real” del Oeste conozco lo suficiente sobre “el lado emblemático” de Caracas como para opinar con propiedad. 

El Oeste de Caracas es otro mundo. No sólo por la ideología política sino por el hecho que realmente, la ciudad parece estar dividida en dos mitades muy diferentes entre sí. El Municipio Libertador, representa a esa Caracas vieja, la dura, la áspera. La Caracas peligrosa, la Caracas simbolo. Mi casa se encuentra a ocho cuadras o 15 minutos de autobús del Centro de Caracas y más o menos la misma distancia de Antimano. Me encuentro justo en el medio de toda esa visión de la ciudad que se viste de rojo, la que se reinvidicó con la revolución Chavista. Queriendolo o no, pertenezco a esa Caracas que se insiste es la real, la que aglomera al chavista de verdad. De la frontera ideológica de Chacaito hacia acá, se encuentran esos pequeños núcleos de pura veneración a la imagen del difunto Presidente, sino esa representación dura y pura del Chavismo que se considera reivindicado por pura política roja. Y debo decir, que hay mucho de cierto en esa percepción. Y es que ¡Dios me libre! ser opositora en medio de esta “burbuja” de ideología accidental no ha resultado sencillo, pero también me ha permitido comprender mucho mejor a mi país de otros con quienes comparto lucha moral y social. Y es que el Oeste tiene su propio ritmo, su tiempo y rostro. Para el Oeste, la política y el reconocimiento del otro, transcurren por una vía distinta a la que recorre el resto del país.


Algo es cierto: en el Oeste no se protesta. Así, sin más. Durante las últimas dos semanas, la calle donde vivo ha tenido un aspecto desolado, consecuencia del miedo, pero en realidad ni esa soledad muestra otra cosa que inquietud. Porque en el Oeste, la protesta tiene otros síntomas, se mira de distinta forma. Y eso puede enfurecer, doler, angustiar, a quien como yo, observa la realidad nacional desde fuera de esta pequeño espacio con viento propio. Pero también puede enseñarte por qué el país sigue siendo dos visiones de la realidad confrontada, que se excluyen mutuamente. Algo te enseña, mirar por la ventana y encontrar la calle en silencio, mientras sabe que algo se mueve más allá de esta tranquilidad de todos los días, del no pasa nada, que tanto puede llegar a afectar. Te enseña a que hay otra visión del país, una interpretación totalmente distinta a la tuya. Una ruptura que podría considerarse artificial pero que en realidad, es solo consecuencia de lo que brinda al Oeste su identidad, su sustancia. 

No es sencillo asimilar la idea. A mi me llevó sus buenos días digerir este silencio, buscarle las aristas. Pulirlo hasta comprenderlo, encontrar donde encaja. Porque lo confieso sin verguenza: hasta ahora, siempre he considerado que este silencio, es indiferencia, cuando no ignorancia. Asi de arrogante somos, cuando decidimos que la razón es nuestra o peor aún, nuestra verdad - o como la interpretamos - tiene más valor que otra. Pero usualmente esa arrogancia suele perder sentido cuando comienzas a escuchar. Así de simple. A escuchar lo que ocurre a tu alrededor, poco a poco y en un ejercicio de conciencia. Porque para entender al otro, hay que dejar de ser el adversario de conciencia. 


Durante los últimos días de protesta, me dediqué a recorrer mi zona, mi Oeste conflictivo y particular. Al principio, fue circunstancial: Frustrada por la censura de los medios tradicionales, me dediqué a repartir panfletos informativos de lo ocurría entre mis vecinos pero luego, la necesidad de protestar de cualquier manera, me llevó a continuar haciéndolo más allá de la zona que conozco, ese mi “casa” que abarca la avenida, la calle, la esquina y la Plaza que veo todos los días. Comencé a alejarme cada vez más, hasta que me encontré recorriendo ese otro Oeste - el verdadero, quizás - y llevandome tropezones con la realidad que como opositora, no siempre reconozco de buena manera. Más allá de mi visión, encontré que en el Oeste no se protesta no solamente porque la ideología - la abstracta, la emocional - todavía justifica y consuela, sino porque a la protesta del Oeste nadie la escucha.

¿Complejo? No tanto. Lo entendí cuando extendí un panfleto cerca de la Redoma de la Vega y una mujer me tomó del brazo y me hizo caminar a su lado, preocupada. Fue la única que me lo aceptó. La mayoría de los transeuntes me miran, sacuden la cabeza. Me ignoran directamente. 

- Tenga cuidado mija, aquí de esas cosas no se habla. 

Mi panfleto no dice gran cosa. Solo se trata de una cronología apresurada de todo lo que ha pasado durante el mes de Febrero. No incluye opiniones políticas. Solo cuenta la historia. Camino con la mujer hasta el enorme centro Comercial que lindea con el Barrio más allá.

- ¿De qué cosas?

- De esas cosas de escualidos - me explica. Y no lo dice con mala intención. Con su cabello entrecano y su blusa floreada, tiene un aspecto normal y amable. La madre de quizás una mujer de mi edad - aquí le pueden dar un tiro por eso.

- ¿Por entregar un Panfleto?

- Eso es propaganda pa’ los del Este. Mija aquí la cosa no es como allá. 

Me guardo mis panfletos. Le pregunto si quiere explicarme un poco sobre como se le ve lo que ocurre de este lado de la ciudad. La invito a un café en una panadería del Centro Comercial. Y es que aquí, realmente no está ocurriendo nada: Hay una gran cantidad de gente en el centro comercial, los establecimientos están abiertos. Se escucha música ambiental. Realmente, aquí no se percibe ni de cerca, el Estado de conmoción que abruma al Otro lado y buena parte del país. En este día soleado, con el sonido del tráfico llenandolo todo, el aire de normalidad te da unas cuantas lecciones. Al Oeste no le interesa - no se involucra - con lo que está ocurriendo más allá.

- Mija, por este lado la cosa se ve distinta. Y eso que tenemos a los muchachos de Montalbán que hacen escandalo - me explica la Señora. Estamos sentadas ambas en la jardinera del Centro Comercial. Un grupo de muchachos gritan y se empujan unos a otros. Son estudiantes, lo asumo por su camiseta, sus jeans, el morral - pero aquí los problemas son los mismos. Los malandros matan gente, los reales no alcanzan. No hay que comprar. Pero cuando hay es barato. Aquí convives con el malandro y el policia todos los dias. 

- ¿Las protestas que le parecen?

- Son un berrinche, una malcriadez de muchachitos sin oficio - y de nuevo, me sorprende la naturalidad. No es una crítica, constanta un hecho - Muchachitos que creen que el mundo se cambia porque quieren, que no escuchan nada y que queman basura pa’ joder. Eso no cambia un país. No cambia nada.

No cambia nada. Lo pienso mientras voy sentada en el autobus hacia el Centro de Caracas. Aquí no me atrevo a llevar mis panfletos. Pero necesito preguntar, caminar y comprender. ¿No cambia nada? ¿O simplemente el mensaje no se hace escuchar? Nada tan simple, me insisto. Los problemas existen, hay quien lo padece, ¿pero pueden identificarse con el mensaje estudiantil, incluso con el de la oposición genérica? No es tan sencillo, ni tan directo. Para el “oeste” - y quizás para buena parte del oficialismo silencioso - el descontento no se manifiesta en apoyo automático al contrario, sino en resignación. O quizás ni siquiera eso. El malestar del otro, del que no entendemos, del adversario no es ganancia política para el que se encuentra al otro lado de la orilla política. Porque no comulga en las mismas condiciones ni se expresa de la misma manera. No hay identificación. No somos los mismos.

Eso es lo que me dice al menos, un vendedor de fruta a la salida de Capitolio. Cuando le hago la pregunta sobre qué piensa sobre las protestas me mira de arriba a abajo.

- ¿Usté es periodista?
- Una curiosa nada más.
- ¿Pa qué quiere saber?
- Me gustaría escucharlo.

Le compro una mandarina, para relajar el ambiente. Y espero que atienda a un par de clientes. Cuando me mira de nuevo, parece cansado.

- Esa vaina no va a llegar a na’. Mi presidente no tiene porque hacerle caso a tanta verga.

Me lo dice de manera casi agresiva. Tal vez espera que reaccione, que proteste. Pero como no lo hago, sacude la cabeza. 

- Mija, aquí siempre hay hambre ¿Los ricos ahora es que se dan cuenta?
- No todos son ricos.
- Tampoco les importa los pobres, protestan por ellos.

Suspiro. Recuerdo las pancartas que hablan sobre hambre y escasez. No es nada nuevo para nadie ¿Por qué nadie se queja?

- Porque no es nuevo nada - dice el hombre. Se inclina para atender a un cliente. Le extiende una bolsa con mandarinas. Me mira otra vez - a nadie le interesa si el pobre es más pobre. Solo si el rico es más pobre. Esto ha sido asi desde siempre. 

Desde siempre. Caracas no cambia, pero ahora tiene opinión política. Caracas siempre ha sufrido pero ahora ese sufrimiento tiene un tinte ideológico. ¿O exagero? Miro las gorras rojas, las vallas con el rostro del difunto presidente, el rostro serio de Nicolas Maduro, que mira incómodo a la cámara y quizás al poder. ¿Que capitalizó el Chavismo? ¿El descontento? ¿La pobreza solemne? ¿Qué ignora la oposición? ¿Por qué su mensaje no incluye al resto de quienes sufren? ¿Sólo ahora nos damos cuenta de la omisión?

Más tarde, de regreso a mi casa, camino frente a la Invasión a dos cuadras de mi casa. Una mujer mayor y otra muy joven conversan frente a una especie de habitación improvisada construida con planchas de Zing. Hay un cartel enorme: “Grupo Pionero socialista”. Sé que estan armados, que cada día de protestas, el grupo entero sale a la acera para vigilar al vecino. ¿Quienes son? ¿Por qué prefieren enfrentarse que asumir la protesta es suya también? Pero la distancia es enorme, quizás infranqueable por ahora.

¿Lo entendemos? Me pregunto. Sigo entregando panfletos. Cada vez me alejo más de mi zona de seguridad, de ese circulo donde puedo comprender que pasa. ¿Lo entendemos más allá como respuesta, como parte del reclamo? ?¿O sólo pedimos al Oeste, al “Otro” que se nos una por necesidad?

No lo sé. Y me llevará mucho tiempo comprenderlo, sin duda.

Así estamos.

Esta es Venezuela. 


  • 74 notes
  • 28 February 2014
  1. b3autiful-minds reblogged this from aglaia-berlutti
  2. geor147 reblogged this from aglaia-berlutti
  3. sangkaisa reblogged this from thekardosoul
  4. thekardosoul reblogged this from aglaia-berlutti
  5. mafesul reblogged this from aglaia-berlutti
  6. desordenvisual reblogged this from aglaia-berlutti
  7. natashanunez11 reblogged this from aglaia-berlutti
  8. yenifervictoria reblogged this from aglaia-berlutti
  9. nightmareonparadise reblogged this from aglaia-berlutti
  10. paolasanchezxd reblogged this from aglaia-berlutti
  11. andgam2 reblogged this from andreaguatafoc
  12. balzajavier reblogged this from andreaguatafoc
  13. andreaguatafoc reblogged this from aglaia-berlutti
  14. koriig reblogged this from aglaia-berlutti
  15. knceknh reblogged this from aglaia-berlutti
  16. brokenbluebubbles reblogged this from aglaia-berlutti
  17. auribet reblogged this from aglaia-berlutti
  18. steffautumn reblogged this from openmindeo
  19. rubenwho reblogged this from cosmicoperamelodies
  20. cosmicoperamelodies reblogged this from lafemmedarla